Sopa plastificada
Patricia Espinosa
Hace ya rato que el tópico “conócete a ti mismo” atiborra los escaparates de las librerías convertido en recetarios con tufazo a charlatanería. Se trata de una sopa rendidora, como bien puede advertirse en Elegía para un americano , la cuarta y más reciente novela de la estadounidense de origen noruego Siri Hustvedt, quien nació en 1955 y está casada con Paul Auster. Resulta inevitable mencionar su vínculo con el renombrado novelista, porque la propia narradora juega con ello en esta obra, donde uno de sus personajes es la esposa de un famoso escritor que parece calcado del susodicho.
Elegía para un americano puede inscribirse en la denominada narrativa post 11-S: aquella producción literaria que emerge tras el atentado a las Torres Gemelas y que da cuenta de las consecuencias de este suceso en las vidas de personajes comunes. El trauma deberá superarse, así lo entiende la autora, y la novela servirá como documento de ese proceso experimentado por individuos cautelosos, pulcros y racionalistas. Eso le da un gran aire de fineza a la historia protagonizada por el psicoanalista Eric Davidsen, un buen tipo que se dedica con ahínco a sus pacientes y que se autoanaliza con fruición. Davidsen, tras ser abandonado por su mujer, subarrienda parte de su casa a Miranda, una dibujante negra jamaicana –muy bella, elegante–, y a su pizpireta niña de cinco años. Obviamente, Davidsen se enamora de la dibujante, la que en principio lo trata con frialdad para luego convertirlo en su mejor amigo.
La historia se abre con la muerte del padre del psicoanalista. Eric y su hermana filósofa, Inga, ambos exitosos profesionales universitarios, típicamente neoyorkinos, hurgan entre los papeles del difunto hasta dar con un enigmático documento. Hay indicios de que el progenitor estuvo envuelto en algo turbio y sus hijos se entusiasman en dilucidar el ovillo. En paralelo a la inserción de unos fragmentos escritos por el padre, la novela abre dos flancos: el proceso de enloquecimiento progresivo de Eric y la viudez de Inga, quien brega por mantener la memoria de su esposo. Ambos hermanos bucearán en sus respectivas psiquis y conversarán científica y minuciosamente sobre sus correspondientes traumas.
El trasfondo narrativo es el atentado a las Torres Gemelas; tanto el psicoanalista como su hermana y la hija de ésta dan cuenta de que sus vidas ya no fueron las mismas después de la catástrofe. El deterioro de esta “clásica” familia norteamericana se liga a ese suceso. Ante el temor instalado en las vidas cotidianas, los personajes responden con templanza y racionalismo, lo que deriva en una atmósfera plastificada, flemática, donde todos intentan y logran encontrar finalmente una buena vida y restablecer todo tipo de equilibrios. A ello habría que agregar que el libro está animado por una cierta perspectiva pro imperio: sólo se ve la paja en el ojo ajeno, permitiendo que Estados Unidos aparezca únicamente bajo el signo de la victimización. Para colmo de males, la autora nos regala (era que no) un final feliz y una salida fácil a cada una de las pequeñas intrigas. Todo esto termina derrumbando lo que pudo ser una novela atractiva en torno a los quiebres emocionales derivados de una gran tragedia.
Elegía para un americano Siri Hustvedt
Anagrama, 2009, 385 páginas.
Javier Marías, el hombre fome que seduce multitudes
Una tarde con el aclamado escritor español
D ecenas de personas miran ansiosas, en todas direcciones, cuando el presentador oficial de la jornada anuncia que Javier Marías, el exitoso y aplaudido escritor español que odia viajar en avión, está a punto de ingresar al recinto en que será entrevistado por su colega argentino Gonzalo Garcés.
El lugar en cuestión es el auditorio Sergio Larraín, situado en el pulcro campus Lo Contador de la Universidad Católica, donde –siendo ya las seis de la tarde, hora fijada para el encuentro– ya se han reunido cerca de 170 asistentes que, según parece, anhelan ver y escuchar al autor de las hipnóticas novelas Todas las almas , Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí .
El invitado estrella y su entrevistador, finalmente, sorprenden a la concurrencia al emerger desde un pasillo en el que nadie había reparado y se dirigen hacia una mesa dispuesta para ellos.
Marías, como se sabe, superó su fobia a los aviones para poder recibir en sus manos el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, que le fue entregado anteayer en la Universidad de Talca, y ahora camina frente a sus lectores chilenos con actitud de tipo duro, examinando las graderías repletas sin mover un solo músculo de la cara.
Cuando Garcés formula su primera pregunta, diciendo de paso que el narrador es “uno de los más celebrados en nuestra lengua”, el aludido hace una mueca de escepticismo y mueve la mano extendida como si ésta fuera un bote que zozobra, lo que en Chile equivale a decir “más o menos nomás”.
“Es discutible eso de hablar de escritores de éxito o escritores fracasados”, afirma para comenzar su intervención, revelando al mismo tiempo algo que sus lectores, tal vez, no sospechaban: su voz es monótona y tiene un cierto matiz metálico, difícil de conciliar con el poder de seducción que despliega en sus textos.
Luego, incentivado por Garcés, relata las circunstancias que lo llevaron a convertirse en rey de la isla caribeña de Redonda, asunto que, pese a ser bastante conocido, parece constituir una fuente inagotable de anécdotas insólitas y sabrosas.
Tras casi veinte minutos, y después de referirse tanto a la historia del islote como a su población –integrada, según dice, por alcatraces, cabras, serpientes y ratones– , el hombre informa que su reino insular cuenta con un himno oficial que destaca más por su música que por su letra.
“Esta historia es tan graciosa que la estoy haciendo larga, aunque dije que iba a contarla brevemente”, comenta de pronto. A esas alturas, las risas del público indican que, pese a su voz monótona y a su poco variado repertorio de expresiones faciales, Marías sabe cómo amenizar una tarde de jueves.
Título nobiliario
Aclamado por muchos como el más interesante narrador vivo de la literatura en castellano, Javier Marías se refirió ayer a la mala relación que mantiene con su país natal y a lo mucho que le costó aceptar el título de rey de la isla de Redonda.
“Bastantes enemigos tengo en España, en el ámbito literario, como para descolgarme y decir que soy rey de algo, pero pensé que debía aprovechar esa ficción que se me presentaba en la vida real”, afirmó.